
Agárrate a algo, que vienen curvas… Espera, no. El precio de la red no es tan movidita como podría serlo. Ni como Aaron Sorkin esperaba.
Aaron Sorkin es un buen tipo. Es un hombre templado, que no pierde los papeles y siempre templa gaitas, políticamente hablando, en el panorama de Hollywood. Aaron Sorkin es un centrista clásico, por lo que escora ligeramente a la derecha, capaz de hablar con los dos lados del hemiciclo estadounidense.
Aaron Sorkin también es un gran dialoguista. Escribe diálogos aspiracionales: nadie habla así, pero qué bonito si lo hiciésemos. No es diálogo poético, per se, pero es rítmico y sagaz, incluso los personajes más estúpidos tienen giros en sus frases.

Aaron Sorkin está, por lo tanto, perdido. Como pulpo en un garaje, todas sus armas dramaturgas han sido desmanteladas, guardadas en cajones separados, y enviados a diferentes partes del mundo.
El precio de la red no tiene una cantidad en dólares, pero sí en fatiga creativa
Las florituras dramáticas en sus diálogos han reculado, él público ya no quiere aspiración poética sino claridad en el discurso. Las personas reales en las que basa sus trabajos ya no pueden permitirse juegos de palabras: son demasiado estúpidas, mezquinas o malintencionadas para eso. El centro ya no existe, y tiene que elegir un bando.
En El precio de la red, podemos verle luchar con todas sus fuerzas para evitar tomar partido y mantenerse en las afueras de la lucha política. Y parece que está demasiado emocional e intelectualmente cansado, o demasiado creativamente exhausto, para hacer de este conflicto interno una película medianamente interesante.

Sorkin no es un gran director. Sus guiones necesitan de un intermediario para llevarlos del papel al celuloide, y ni siquiera soy capaz de vislumbrar si el guion de El precio de la red es bueno o no. El resultado final es burdo y romo, sin pulir y sin filo.
De la misma forma que el ritmo tiembla, sus actores parecen haber sido soltados sin instrucción en el set de rodaje. Mikey Madison, que viene del éxito absoluto de Anora, a penas tiene material con el que jugar más allá de “informante que usa su cuerpo para pasar desapercibida”. Jeremy Allen White, que viene del éxito absoluto de The Bear, a penas tiene nada que hacer que no sea insultar veladamente a su informante al mismo tiempo que le pide que le explique de qué habla.
He querido dejar para el final el gran elefante en la cacharrería: Mark Zuckerberg y La red social.
La sombra de La red social sobre El precio de la red
Sorkin ha dicho que esta película no es una secuela a La red social, aunque quería que Jesse Eisenberg retomase el papel de Zuckerberg y que David Fincher volviese a dirigirla. Y hasta cierto punto es verdad. Aunque continúa la historia de Facebook, Zuckerberg ya no es el protagonista sino el distante antagonista, cuya sombra emborrona todas nuestras vidas.

Jeremy Strong tiene el desafortunado papel de tomar el testigo de Eisenberg, y la dirección de Sorkin no le ayuda nada. Aunque el reducido tiempo en pantalla podría ayudar a aliviar el contraste, resultando en una actuación acartonada que parece entrar en el territorio de la parodia. Las comparaciones son odiosas, pero Eisenberg consiguió imbuir en su actuación un ápice de humanidad que Strong ha sido incapaz de plasmar, a pesar de que el intento está ahí.
En definitiva, esta película no es merecedora del talento que tiene delante y detrás de las cámaras. Sorkin no ha sabido adaptarse a los tiempos, e incluso en sus mejores intenciones ha dejado muchas, demasiadas, ideas en el tintero para ofrecer un retrato genuino de la evolución de Facebook. El precio de la red se queda a medio camino entre la precisión quirúrgica de La red social y el retrato dramático de Jobs, por lo que el resultado final es una película que se puede ver, pero que no nos va a contar absolutamente nada nuevo sobre Mark Zuckerberg, Facebook (y Meta) o el actual gobierno estadounidense.

Te golpearás el pecho con…
- Una forma fácil de disuadir a tus padres que se vayan de Facebook
- Betty Gilpin, por poco que salga, es lo mejor de la película
Te golpearás la cabeza con…
- El amargo recuerdo de que La red social existe y es mucho mejor
- El mensaje centrista ante una amenaza radical
EL VEREDICTO

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