
Misión: Imposible – Nación secreta (2015)
De este modo, para cuando salió Misión: Imposible – Nación Secreta de Chistopher McQuarrie, Tom Cruise y la saga volvían a ser marcas rentables. Si bien el actor no ha vuelto a recuperar por completo ese estatus de superestrella que mantuvo durante las décadas de los 80 y los 90, sí es cierto que se ha podido mantener lo suficiente como para ganarse el apodo de “La Última Estrella de Hollywood”. Y efectivamente, en este panorama cinematográfico tan hostil a los intérpretes, en el que se han impuesto las marcas de franquicia en detrimento de la figura clásica del actor como principal reclamo para vender una película, Cruise sigue siendo el único que se atreve a promocionar un título con su nombre en el cartel, un throwback a una época en la que el apellido de un actor era suficiente para llenar una sala de cine en el fin de semana del estreno.

Con Protocolo fantasma, la saga se reinventó y definió un nuevo estilo a adoptar. Atrás quedaba la sobriedad hitchcockiana de De Palma, el exceso estilístico de Woo o la cruda textura de Abrams. Ahora Misión: Imposible era la definición del blockbuster puro y duro: colores vívidos y alegres que destacasen la belleza de las exóticas localizaciones en las que se rodaba la cinta, inclusión obligatoria del comic relief (personificado en la figura de Simon Pegg, que de la tercera a la cuarta entrega pasó de ser un glorified cameo a principal co-protagonista), y – sobre todo – apoteósicas secuencias de acción que celebraban la figura de Tom Cruise, con todos y cada uno de los planos esforzándose en mostrar su rostro como eje central en medio de todo el caos que acontecía.
Además, Cruise estaba más tranquilo en Rogue Nation, y eso se ve en la película. Con Renner ya claramente en la retaguardia, relegado a ser un mero observador de las peripecias de Hunt sin tomar parte activa en ninguna de ellas, Cruise permite a su personaje recuperar cierto grado de su sentido del humor, e incluso llega al punto de compartir el protagonismo con Rebecca Ferguson, a quien convierte en la versión femenina de su personaje, hasta el punto de que la película es un claro ejemplo de un two-hand performance entre Cruise y ella.
En el terreno de la dirección, Cruise intentó volver a apostar por lo seguro y llamó de nuevo a Brad Bird. Cuando este rechazó el proyecto para rodar su propio pet project (Tomorrowland, de 2015, que fracasó en taquilla), Cruise acudió a su próxima apuesta segura y llamó a su frecuente colaborador, Christopher McQuarrie. Este, que había ganado un Oscar por su guion de Sospechosos Habituales (Usual Suspects) en 1995, había hecho una re-escritura no acreditada en Ghost Protocol y además ya había dirigido a Cruise en Jack Reacher (2012), parecía una opción más que viable para cultivar otro éxito.
Y así fue. El estreno en 2015 no recaudó los números cosechados por la cuarta entrega, pero sí que consiguió cifras extremadamente altas y el suficiente margen de beneficio como para asegurar la próxima entrega, hasta el punto de que Paramount le dio luz verde la semana antes del propio estreno de la cinta, basándose exclusivamente en las proyecciones de recaudación.

Y de esta manera, con la llegada de Misión: Imposible – Fallout en julio, que ya ha cosechado las mejores críticas de la historia de la saga (aquí nuestra crítica) y ha tenido el mejor fin de semana de recaudación de toda la carrera de su estrella protagonista, vuelve a ser un buen momento para ser Tom Cruise. Y aunque ahora no sea ya aquella estrella que era antaño – y que muy probablemente nunca más volverá a ser – Cruise es ya una especie de figura mítica en Hollywood: una reliquia de una época perdida basada en un star-system que ya se ha extinguido, con una saga a sus espaldas que refleja milimétricamente la historia de su vida en la ciudad de las estrellas, y la última y definitiva encarnación de esa anacrónica idea de la Estrella Hollywoodiense. Y es que Tom Cruise ha conseguido lo imposible: en una época de constantes e interminables remakes, en la que un sinfín de rostros intercambiables pueden interpretar a un mismo personaje, él se impone como la única e insustituible cara de una de las franquicias más duraderas – e improbables – de la historia del cine. Y es que Batmans, Supermans, James Bonds o Blade Runners puede haber muchos. Pero Tom Cruise, solo hay uno.



