
Misión: Imposible – Protocolo fantasma (2011)
Los cinco años que transcurrieron entre la tercera y la cuarta entrega de Misión: Imposible no fueron una buena época para ser Tom Cruise. En ellos, llevó a cabo otro intento fallido de volver a su anterior gloria, esta vez a la de actor serio con su incursión dramática en Leones por corderos (Lions for Lambs de Robert Redford, 2007), se auto-parodió a sí mismo con el grotesco personaje secundario de Les Grossman en Tropic Thunder (Ben Stiller, 2008), e incluso rompió su relación profesional con Paula Wagner.
Sin embargo, el destino aún le reservaba un as en la manga. Alrededor de esta época, Paramount comenzó a hacerse a la idea de realizar una nueva Misión: Imposible. Para esto, se verían forzados a darle una nueva oportunidad a Cruise, pero esta vez no estaban dispuestos a volver a arriesgarlo todo poniendo todo el peso de la película sobre sus hombros, por lo que la distribuidora se cubrió las espaldas. Para ellos, fraccionaron el protagonismo absoluto de Cruise en distintas facciones que tomaron forma física en otros tres miembros del equipo que acompañan al actor durante toda la cinta. A estas alturas, el público había perdido la fe en Cruise y ya no compraba la idea de “Tom Cruise contra el mundo” que habían presentado las anteriores entregas, por lo que el peso de la misión se distribuye entre los distintos miembros del equipo, y si bien Cruise sigue estando al frente del grueso de la acción, esta vez la misión ya no se podría haber completado de no ser por la interacción entre los distintos integrantes.
Pero en realidad, esta estrategia de control de daños de la Paramount tomó un nombre aún más específico: Jeremy Renner. En la época en la que se estaba desarrollando la cuarta Misión, Jeremy Renner era una estrella en alza con un futuro prometedor en Hollywood. No solo estaba fichado para formar parte del exitoso reparto de Los Vengadores de Joss Whedon, sino que además acababa de quitarle el protagonismo de la saga Bourne a Matt Damon, ya que le había sustituido como cabeza de cartel en el spin-off The Bourne Legacy (Tony Gilroy, 2012). Lo que la Paramount esperaba, básicamente, era poder deshacerse de Cruise en caso de que la cuarta entrega sufriese el mismo destino que la tercera, para poder continuar la saga exitosamente con Renner al frente.

Pero si hay alguien que sepa reconocer una misión imposible cuando se la ponen por delante, ese es Tom Cruise. Esta vez, su misión era volver a ponerse al frente de una deslustrada franquicia, compartir su protagonismo, competir con un oponente directo que amenazaba con robarle el papel, restituir el nombre de la saga, y volver a encender la luz de su antaño legendaria estrella hollywoodiense. Por supuesto, decidió aceptarla.
Lo primero que hizo fue contratar a Brad Bird, ingenioso director de animación recién salido del éxito de sus películas Los increíbles (The Incredibles, 2004) y Ratatouille (2007), pero que no tenía experiencia previa dirigiendo películas de live-action. Así, Cruise se aseguró la colaboración de un director con talento al que no obstante podría dirigir a su antojo.
La segunda medida fue adaptar de nuevo – como ya era su costumbre – a Ethan Hunt a las necesidades impuestas por su propia vida detrás de las cámaras. Y efectivamente, el Hunt de esta cinta no es el niño creído de la primera, el superhombre de la segunda o el marido perfecto de la tercera, sino lo mismo que era Tom Cruise: un hombre con una misión. Pero no la de salvar el mundo, sino la de recuperar su carrera. De este modo, Ethan Hunt no bromea en esta película, no pierde el tiempo explicando más de lo necesario – de hecho siempre que es posible prefiere estar callado -, sino que es una bala humana con un único objetivo en mente. Profesional y entregado, con un rostro férreo evidenciando una máxima e imperturbable concentración, Ethan Hunt atraviesa los planos de esta película corriendo a la velocidad de un rayo, nunca apartando los ojos de su destino final. Es una actuación eminentemente física, sin duda la más física de su carrera hasta ese momento, y una que demuestra esa determinación absoluta y esa persecución categórica para conseguir su único y definitivo objetivo: ganar. Porque ahora más que nunca, Tom Cruise necesitaba una victoria.
Y para ello, miró hacia atrás en su carrera y buscó aquello que le diferenciaba de los demás. Tirando del bagaje que solo una verdadera estrella de Hollywood podía tener en su baraja de trucos, Tom dio con aquello que le había hecho único, aquello que tanto le había fascinado al trabajar con Woo, aquello en lo que más había sobresalido, y sobre todo lo que él sabía que nadie más podía imitar: los stunts.
Así, para Misión: Imposible – Protocolo Fantasma, Tom Cruise decidió que la principal escena de acción de la película, el equivalente al ya mítico atraco de Langley, iba a ser una secuencia en la que él mismo – Tom Cruise alias Ethan Hunt – iba a escalar las paredes del edificio más alto del mundo: el Burj Khalifa. Y lo único que Jeremy Renner iba a poder hacer mientras tanto, sería mirar.
El truco funcionó. El público respondió ante la peripecia de Cruise, y su acrobacia al borde del Burj llenó tablones de periódicos y entradas de internet. La escena era famosa mucho antes incluso del estreno de la película. Y así, cuando por fin se estrenó el 21 de Diciembre del 2011, y mostró ante un atónito público a Tom Cruise corriendo por las alturas de Dubai, todo ello capturado en la magnánima gloria de las cámaras IMAX, Misión: Imposible – Protocolo Fantasma se convirtió en la película más recaudadora de toda la historia de la franquicia – y de la carrera de Tom Cruise. Sorry, Jeremy.



